No past land

Junio 2, 2009 por chgamallo

Hoy es un martes con sabor a lunes extraño. Tengo esa sensación, tan rara como magnífica y pasajera, que me invade después de un viaje. De vez en cuando, yo, que no soy nada rutinaria, necesito salir de mi rutina, salir del sitio donde vivo, ver otra ciudad, hablar otra idioma y desperezarme de toda la negatividad que me puede inspirar estar permanentemente en mi casa.
Hoy me siento en cierto modo como cuando volví de mi Erasmus en Francia y tenía claro que quería volver a casa pero no tenía claro que quería irme del extranjero. Los que hayáis vivido fuera un tiempo me entenderéis, y los que no, os recomiendo una película que refleja esa sensación ambigua a la perfección: L’auberge espagnole (Una casa de locos).
Esta tarde, cuando volvía sola en coche de mi trabajo, pensé en que mi estado podía resumirse en una palabra que solo se me ocurría en gallego (es lo malo de saber idiomas, tienes una palabra para cada sensación, pero no siempre consigues traducirla): desacougo. Acabo de buscarla en el diccionario y es el desasosiego castellano. Con mi inquietud característica, me puse a pensar de dónde podría venir ese desacougo, si mis tres días de puente han sido estupendos… Pues precisamente de ahí: nos empeñamos en detener y retener esos momentos, sean minutos o días, de felicidad, como si pensáramos que nunca más podremos volver a sentir, cuando la vida está hecha de momentos y minutos cada día, estemos donde estemos.
Hablábamos durante el fin de semana que a veces nos empeñamos en buscar fuera del país imágenes o situaciones que podemos tener muy cerca de casa. Pues con los buenos momentos tengo la sensación de que ocurre algo similar: nos vamos lejos y fuera a buscarlos, y cierto es que a veces los encontramos allí, pero no es menos cierto que abriendo la mente, los ojos y el corazón seguro que podremos cogerlos, disfrutarlos y dejarlos ir, aquí o allí. Lo importante, o al menos esa es la conclusión a la que he llegado hoy, es no querer estancarse en momentos puntuales, sean buenos o malos, y seguir siempre adelante.

PS: El título del post de hoy viene de esta canción de Russian Red, que algunos ya habréis escuchado en el podcast, y que me persigue y relaja desde hace un tiempo.

Golismear

Mayo 21, 2009 por chgamallo

En mi particular diccionario manchego-castellano que Jose se encarga benévolamente de enriquecer cada semana, hay sin duda una palabra que ha calado hondo: el verbo ‘golismear’ (pronúnciese aspirando ligeramente la s). ‘Golismear’ significa cotillear, al menos en Albacete. 

Nuestra vida está llena de ‘golismeos’ (sustantivo derivado del verbo). Sin duda, todos somos un poco cotillas, perdón, ‘golismeros’. Las mujeres, cómo no?, nos llevamos la fama pero muchas veces son ellos los que cardan la lana (hoy me he levantado con el refranero popular en mente…). Cotillear es tan natural que aunque no nos consideremos cotillas, yo creo que todos lo somos un poco. 

Un momento: veamos la definición de la RAE para cotillear. Me reenvía a chismorrear: “dicho de varias personas, contarse chismes mutuamente”. Así que me voy a ver qué es un chisme: “noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna”.

Uy, aquí hay mucho para comentar. Primero, un cotilleo puede ser verdadero o falso. Yo diría que en general se trata de un poco de información, un poco más de suposición y un mucho de opinión de cada uno. Además, según la definición oficial, el comentario puede pretender indisponer a unas personas con otras. O sea que, según la RAE, en el ‘golismeo’ se sobreentiende que hay mala leche y ganas de enfadar a una persona con otra. Ay, aquí ya entramos en terreno pantanoso, el mismo terreno pantanoso que me ha llevado a pensar en escribir este post. Porque a veces se demuestra eso que decía Hobbes de que “el hombre es un lobo para el hombre” y no siempre somos benévolos con nuestros compañeros de vida… 

Hoy he visto el último capítulo de Gossip Girl, una serie basada en una chica que publica por el móvil y a través de su web los cotilleos de un grupo de jóvenes de Manhattan. Algunas verdades, muchos secretos no confesados que acaban siendo revelados y bastante mala leche en un ambiente de guapos y ricos. Salvando distancias (Talavera no es Nueva York!), a veces siento que a mi alrededor se dan situaciones dignas de un buen guión televisivo, basadas tanto en hechos como en ‘golismeos’ varios. Si además le añadimos que este año vivo en un edificio similar al de otra serie de mi época juvenil, Melrose Place (pero sin piscina, cachis!), la sensación de vivir en medio de un reality-culebrón se acrecienta. Pero ya sabéis: la realidad siempre supera a la ficción. Continuará…

No pareces tú

Mayo 15, 2009 por chgamallo

Hoy, ordenando -por fin!- mi alma-cén, he encontrado una foto en la que estoy rubia. Hace dos años y medio de esa foto, y aunque soy yo y sé que soy yo, no me parezco nada a cómo estoy ahora. La mirada es la misma, quizás un poco más triste, pero tiene como un halo de candidez que creo haber perdido en el tiempo que ha transcurrido desde la fotografía. 

Hoy casualmente también he vuelto a ponerme mis gafas. Ha sido sólo un ratito, para bajar la basura resultado del orden en mi alma-cén, pero me ha dado tiempo a verme en el espejo del ascensor. Aunque era yo y sé que era yo, no me he reconocido en esa personita con gafas. 

Al llegar a casa he observado algunas fotos más y he recordado lo que dicen muchos amigos al verlas: “no pareces tú”. Pero en todas soy yo y en todas tengo la sensación de que en aquel momento estaba muy convencida de estar estupenda, incluso con mi pelo rapado de hace un año. La vida me ha dado muchas vueltas en los últimos años, y parece que mi pelo, mi peso, mis ojos las han dado con ella. Es curioso ver cómo las fotografías nos pueden devolver mentalmente a épocas pasadas y viéndolas en conjunto, darnos cuenta de lo camaleónicos que somos. Al menos yo, que parece que para cada cambio me hago un corte de pelo. 

Hace un rato he leído que para el 2010 volverá a llevarse el pelo largo entre las estrellas de Hollywood. Las que se lo habían cortado (personalidades como Victoria Beckham, Paris Hilton o Katie Holmes) se lo están dejando crecer. Como yo. Parece que estoy en la tendencia, pues. Pero eso no me interesa tanto como ver qué me deparará la vida cuando tenga el pelo largo.

Cambio de sábanas

Mayo 11, 2009 por chgamallo

Ayer cambié las sábanas de mi cama y me acordé de Irene… Esta es la típica frase absurda que proponemos los profesores para que los alumnos nos escriban una redacción más o menos igual de absurda. Hoy yo hago de juez y de parte, de profe y de alumna, y os cuento por qué empieza así este post. 

Ayer cambié las sábanas de mi cama y me acordé de Irene. Irene tiene la manía, la costumbre, el hábito de hacer la cama para que quede lo más perfecta posible. De hecho, yo creo (Ire, corrígeme si me equivoco) que no se mete en la cama si en ella no hay arrugas y la sábana y el edredón cuelgan por los dos lados de la cama por igual. La manía tiene un lado negativo: se tarda más en hacerlo todo al milímetro que en estirar el edredón como hago yo; pero tiene uno muy positivo: no os podéis imaginar la maravillosa sensación de meterse entre esas sábanas!

El caso es que esto me hizo pensar en todas esas pequeñas manías que tenemos, muchas veces totalmente carentes de sentido, y que nos hacen perder un tiempo precioso en nuestras vidas. Yo, por ejemplo, nunca dejo las puertas de ningún armario abiertas, ni ningún cajón. Y no (no me seáis mal pensados), no se trata de ocultar el desorden. Me pasa especialmente por la noche, para dormir, como si mi subconsciente tuviese miedo de que ahí pueda ocultarse algo malo.

Otra extraña costumbre que tengo es no dejar las sillas fuera de su sitio, deben estar encajadas perfectamente debajo de una mesa. Extraño, y una pérdida de tiempo, porque a veces antes de irme de un restaurante coloco la mía y la del resto de comensales. A esta no le encuentro sentido, y mi subconsciente tampoco. En los restaurantes también sale a relucir esa costumbre de colocar el pan con la parte plana hacia abajo. Pero esta sé que me viene de mi casa y además hace poco he sabido que Amalia también tiene esa costumbre y las dos ‘respetamos’ al pan.

Observando mis manías, recordé que durante mi retiro de meditación se les había hecho referencia, como uno de esos apegos que tenemos, de los que nos es difícil librarnos, y que sin embargo nos consumen energía y tiempo sin sentido. He intentado corregirme y dejar los armarios abiertos, las sillas sin colocar y el pan boca abajo, pero no soy capaz. Y he concluido que mis manías tienen un sentido supersticioso, y eso que yo no lo soy (porque trae mala suerte!). Y carecen todavía más de sentido, porque acaso me va a tocar la lotería por dejar la puerta del armario abierta… ? 

Cómo podéis observar, hoy soy incapaz de llegar a una conclusión lógica. Así que os pido ayuda: qué hay de vuestras manías? Y habéis pensado en dejarlas atrás? Gracias!

(Des)orden en el alma(cén)

Mayo 4, 2009 por chgamallo

Cuando me mudé a esta ciudad, tenía claro que quería un piso con dos habitaciones: una para mí y otra para instalar mi ordenador, mis cosas y una cama por si alguien quería visitarme. Efectivamente, aquí está mi mesa y ahí está la cama, pero no se ven. La mesa está cubierta por cajas, libros, carpetas, más libros, una impresora, más libros, carpetas, vasos con bolígrafos, discos, más libros, revistas, carpetas, más revistas… Y la cama: ropa para planchar, ropa para coser, ropa para poner, ropa para no volver a poner…
Desde que tengo recuerdos, recuerdo escuchar lo desordenada que soy. Y desde que intento ser una persona adulta y autónoma, recuerdo escuchar a mi conciencia diciéndome “Chris, sé más ordenada!”. También recuerdo anécdotas como el día en que en una entrevista de trabajo me preguntaron tres defectos y respondí “mi mesa nunca estará ordenada, será una montaña de papeles, revistas y discos, pero si me pide o me pregunta algo le responderé enseguida”. Me cogieron para el puesto y uno de mis jefes, a los tres meses de tenerme allí, me dijo al entrar en mi despacho “Menos mal que nos avisaste, Chris!”. Luego, en un año, conseguí que me instalasen dos muebles archivadores y una mesa más… Pero el des-orden persistía.
El des-orden en mi alma-cén (así le llama Mamá a este cuarto) persiste y creo que estará conmigo hasta el fin de mis días. Pero con los años he descubierto que mi desorden material es inversamente proporcional a mi orden mental y anímico. Sí, vuestros cálculos son correctos: estoy estupendamente en mi alma(zen!).

Diez años de domingos

Abril 26, 2009 por chgamallo

Hoy. Me he despertado con el Sol (el Sol se merece una mayúscula) entrando a raudales por mi ventana con la persiana sin bajar. He desayunado (adivinad qué?) en la cama mientras revisaba las novedades internáuticas de la mañana. Luego he hablado por teléfono durante casi una hora mientras revisaba en el diccionario la definición de entretener

En mi conversación he relatado parte de la fantástica velada del sábado noche: una reunión de músicos, que en algunos casos también tenían la condición de profesores, para celebrar el cumpleaños de un casi sexagenario al que yo no le hubiese echado más de cuarenta. Una simbiosis de música, sonrisas, conversaciones y fantástica comida en la que mi condición de francesa salió a relucir alguna vez: cuando tocamos piezas de la banda sonora de Amélie, cuando tarareamos en varios idiomas Les feuilles mortes… y para mí, cuando todos se arrancaron con un fandango y una sevillana y me sentí como uno de esos guiris con sandalias y calcetines en medio del Sacromonte. En fin, lo pasé en grande y espero repetir experiencia. 

Mi domingo continuó con un breve paseo en bici hasta el kiosco más cercano para comprarme un dominical en el que se intentan analizar las causas del éxito del humor manchego (a ver si así yo también lo entendía)… Y otra larga conversación telefónica, y un poco de lectura, y una larga siesta… Y un post en mi blog mientras se hace de noche en la hoy gris Talavera de la Reina. 

Hace diez años. El Sol entraba a raudales por mi ventana sin persianas y la Txati me saludaba con sus ronroneos y un ligero masaje con sus pezuñas sin uñas. Desayunaba (adivinad qué?) mientras recordaba la fantástica velada a la que había asistido la noche anterior: una reunión de estudiantes de Comunicación, Historia y Ciencias Políticas, simbiosis de idiomas y temas variados. Una oportunidad para sentirme española mientras descubría con el mismo entusiasmo el magnífico sabor del foie acompañado de un vino blanco y seco y a los grandes de la Chanson Française, al mismo Yves Montand que ayer tarareaba como si le conociese de toda la vida… 

El domingo continuaba con una visita al cine alojado en una antigua iglesia enfrente de mi piso de 25 metros cuadrados (en diez años he doblado, ahora vivo en uno de 50!), un paseo en mi bici prestada a orillas de la Garonne (ahora soy propietaria de la bici), alguna conversación telefónica (breve, llamar desde el extranjero salía caro!), un poco de lectura y una larga siesta… Y una carta, manuscrita, a alguna amiga o amigo, alguno de los cuales comenta aún hoy en este blog… Y el Sol se ponía en Bordeaux.

Esta semana tuve una linda conversación sobre lo importante que es no cambiar, no perder esos rasgos de carácter, esas costumbres que nos hacen ser únicos. Este domingo me ha demostrado que se puede evolucionar sin perder la esencia, y como yo añadí durante esa conversación, sin perder la sonrisa.

El amor (no) tiene que doler

Abril 14, 2009 por chgamallo

A estas alturas muchos sabréis ya que mi periplo  en el Camino fue un poco frustrante. Aunque me encantase la experiencia y el simple hecho de caminar me haya resultado fascinante, mi rodilla se encargó de pararme los pies (nunca mejor dicho!). Menos mal que sólo mi hermano y su esposa se dedicaron a apostar a mis espaldas cuántos días tardaría en lesionarme… En fin, la culpa es mía por no haber entrenado más y también lo es de aquella fiebre escarlatina que cogí con cinco añitos y que ha fragilizado mis huesecillos para siempre… 

Cuando me lesioné la rodilla, mi madre y yo recordamos una frase de uno de los sacerdotes de Roncesvalles: “el amor tiene que doler”. Tuvimos oportunidad de escucharla dos veces, primero en la misa del peregrino del sábado, y en la homilía repetida del domingo, así que ambas teníamos claro que el señor cura había dicho exactamente eso: el amor tiene que doler. Mamá y yo, cada una a su manera, le hemos dado unas cuantas vueltas a la dichosa frase. Por ejemplo, quiero yo a mi rodilla o ella  a mí? 

Ahora en serio, escuchar algo así hoy en día me dejó bastante estupefacta, y una semana después, sigo sin entenderlo. Por qué tiene que doler el amor? Por qué no puede reducirse a quererse, estar bien, pasarlo bien, disfrutar, gozar… ? Qué lleva a un sacerdote a decirle a cien personas que el amor debe ser un acto doloroso? No es supuestamente el amor el que rige el mundo, el que mueve los hilos de los corazones de las personas, el que debería estar presente en todos nuestros actos? 

Pensando en esta frase, tengo esa horrorosa sensación que nos invade a los curiosos resabidillos de no entender algo que debe ser simple y evidente. O quizás se trate simplemente de que no soy capaz de entender la relación entre el amor y el dolor. Aunque recuerdo haber escuchado hace poco que cuando uno se enamora corre el inevitable riesgo de sufrir y conozco a más de una cuyas relaciones sentimentales se han basado en pasarlo mal por alguien que no valía la pena. Aún así, sigo pensando que el amor debería ser tan simple como su definición en el diccionario: “sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”.

Primavera

Abril 2, 2009 por chgamallo

Una vez, hace muchos años, mi tío Manolo me dijo que para escribir, especialmente poesía, uno debía estar abatido, hundido y en una habitación a oscuras. Vamos , la típica imagen del poeta atormentado por sus desamores o su desazón existencial. En parte estoy de acuerdo con él: a mí me resulta mucho más fácil o mejor dicho, más necesario, ponerme a escribir cuando algo me inquieta. Pero tampoco soy capaz de hacerlo cuando estoy realmente al borde del abismo. Tampoco suelo hacerlo en una habitación a oscuras. Si este blog lleva por título ‘mi momento all brand’ no es por casualidad… aunque la d del brand viene porque al principio iba a versar sobre marketing, pero cambié de idea (afortunadamente!). 

En fin, todo este bla bla bla inicial, para contaros que hoy he sentido la necesidad de escribir porque estoy contenta, me encuentro bien, porque hace una semana dije que me encantaba vivir y parece que la vida quiere devolverme el favor haciéndolo todo más fácil. Desafiando la teoría del escritor atormentado, hoy quiero despedirme hasta después de las vacaciones de Semana Santa (sí, ya lo sé, soy una afortunada que tiene 11 días de vacaciones, pero ya sabéis, reclamaciones a Zapatero, aunque creo que está muy ocupado intentando hacer migas con San Obama). Pensaré en vosotros mientras disfrute de la primavera navarra en mi primer periplo por el Camino de Santiago, del que seguro os daré buena cuenta a mi vuelta…

Las dos primeras

Marzo 27, 2009 por chgamallo

Hace un rato, cuando volvía de tomarme las tradicionales tapas de los jueves, al subirme en el ascensor, las he visto por primera vez, claramente. Ahí estaban. Indudablemente, eran ellas: mis dos primeras arrugas. Junto al rabillo del ojo izquierdo, ese en el que tengo el callo por las lentillas… sí, ahí estaban.

Tenía que ocurrir justo hoy, cuando tres compañeros celebraban sus cumpleaños y hemos estado divagando sobre la edad y el cumplir años. Una chica acaba de cumplir treinta años y se sentía un poco “mayor” por entrar en la era de los “ta” (trein-ta, cuaren-ta, cincuen-ta…). Yo le he dicho que creo que esta es una buena edad. No es que la vida me haya sonreído especialmente desde que he entrado en esta era de la que ya no voy a salir (bueno, sí, cuando cumpla cien, jeje!). Pero el caso es que me siento mejor ahora que hace diez años: más serena, más segura, con las cosas bastante más claras. A los treinta, le decía yo a Esther, se te han pasado muchas tonterías y ya sabes lo que quieres, lo que te gusta y lo que necesitas.

Pero al verlas en el ascensor, a las dos primeras, parte de mi seguridad se desvaneció. Entrar en la era “ta” también significa el comienzo del deterioro físico, de la flacidez, … en fin, de todas esas cosas que las revistas femeninas nos quieren curar en especiales de treinta páginas desde ahora hasta junio.

Entonces recordé algo que mi hermano, un personaje tan interesante como indescriptible y adorable, me recordó a su vez hace una semana: “Chris, tú decías con 15 años que ibas a casarte a los 70, no? Pues mira, vas por buen camino!” (leed con sarcasmo e ironía). Yo respondí: “Y recuerdas por qué decía eso? Porque a esa edad me aseguraré de que quien se case conmigo lo hará por mi mente y no por mi cuerpo”. Así que bienvenidas, mis queridas dos primeras arrugas… Parce que le vaux bien!

24 horas de silencio

Marzo 8, 2009 por chgamallo

Este fin de semana he hecho un retiro de silencio. Sí, habéis leído bien: de silencio. Y para los que acaso dudáis de mi capacidad, sí, he conseguido permanecer 24 horas callada. De hecho, fue un proceso bastante natural y me costó más volver a hablar que permanecer en silencio.

En realidad se trataba de un retiro para meditar en el que una de las condiciones era permanecer en silencio desde las 10 de la mañana del sábado hasta la misma hora del domingo. Estar en silencio no es difícil cuando te retiras para meditar sobre la naturaleza de la mente. Meditar es una de esas palabras que cuando la pronuncias la mayoría de la gente pone cara de miedo y de “uf, menudo rollo”. De hecho, cuando dije a algunos de mis compañeros que pasaría así un fin de semana, más de uno me respondió “tú estás segura de que necesitas meditar, Chris?”, con un retintín de “no crees que ya le das bastantes vueltas a todo ahora?”. También he escuchado cosas como “a ver si va a ser eso una secta” o “una reunión de frikis”. Pues no, éramos todos bastante normales, si es que eso existe.

El caso es que yo, entre tozudez y curiosidad, insistí en ir. Y creo que ha sido una buena idea. No sé realmente si he conseguido meditar en sentido literal: aplicar con profunda atención el pensamiento a la consideración de algo, o discurrir sobre los medios de conocerlo o conseguirlo. Pero sí sé que siguiendo algunas de las indicaciones del guía, he conseguido llegar a conclusiones interesantes que me pueden ayudar a entender o al menos a soportar algunas situaciones que no me gustan.

Más de una vez durante estos días he pensado que este tipo de ejercicios introspectivos deberían ser casi obligatorios. De hecho, el guía nos dijo que retirarse a meditar durante un fin de semana es algo totalmente artificial, que para mí viene a ser lo mismo que decir que meditar debería ser algo natural. Supongo que todos hacemos algo similar de vez en cuando, pero os puedo asegurar que no es lo mismo que centrarse sólo en eso.

Una de las primeras advertencias que se nos hizo el viernes es que si al volver del retiro teníamos sensación de paz, algo habría fallado. Yo debo haber hecho algo bien porque he vuelto con la impresión de haber abierto mi pequeña caja de Pandora para ver qué hay dentro, de haber destapado alguna otra forma de observar mis miedos, mis apegos, mis iras (poquitas, pero haberlas hailas!)… Y sobre todo, vuelvo con la sensación de reinicio, de vuelta a empezar, con energías renovadas… Tranquilos, de momento no me he hecho una Hare Krishna ni nada parecido. Las energías las he empleado esta tarde en lavar mi coche (por fin!).