Hace unas semanas, fui a cenar con unos amigos. En la mesa, una profesora de lengua que habla portugués e inglés con fluidez; un policía de Salamanca que trabaja temporalmente en Barcelona, y que hasta la fecha sólo habla castellano e inglés; un toledano de pro que conoce (y me enseña) todas las expresiones castizas que existen en la lengua castellana; y yo, que hablo, además del español, francés, inglés, gallego y catalán. Y estoy empezando con el alemán.
La conversación deriva, empezando el segundo plato, en un intenso debate sobre la situación del catalán en Cataluña y en general de las lenguas autonómicas. A mi amigo que ahora vive en Barcelona le parece sorprendente que la mayoría de la gente se exprese en catalán, y siente que a veces se hacen diferencias entre los que lo dominan y los que no. Los tres creen injusto ‘tener que’ aprender un idioma diferente por vivir en Barcelona. Injusto también ‘tener que’ pasar un examen de ese idioma para poder enseñar allí.
Yo, que en estos debates, siempre mantengo la misma postura, acabo siendo en cierto modo el ’sparring’ de mis tres compañeros de mesa. Pero yo lo reconozco, incluso ante ellos: soy una romántica. Probablemente más para los idiomas que para el propio amor. Desde mi punto de vista, nadie cuestiona que si te vas a Inglaterra, aprenderás inglés, o en Francia francés, o en Alemania alemán. Incluso en Suecia, país prácticamente bilingüe, aprenderás sueco. Por qué? Para qué? Para entender y hacerse entender. Yo aprendí catalán porque no soportaba ir a la panadería y no entender lo que se decía. Y porque me gusta aprender. Y creo que un profesor debe conocer la lengua que hablan sus alumnos, aunque puedan entenderle en otra.
Pero reconozco y sé por experiencia que mi visión es minoritaria. Lo único que me molesta de este tema es que se mezcle lengua con política. Ahí es donde el debate empieza a molestarme. Porque las lenguas sólo tienen una utilidad: comunicarse.
Ayer fui a tomar un té con Laura, una joven americana que va a pasar un año como lectora de inglés en un instituto de Talavera. La conversación empezó en castellano, pero intenté explicarle en inglés que había tenido un parásito en el estómago (fue muy gracioso: dije ’storm’ en vez de ‘worm’, o sea, que había tenido una tormenta en el estómago, lo que no es del todo incierto).
Continuamos intercambiando mi inglés y su castellano, e incluso un poco de francés. Sin reglas, sin determinaciones a priori sobre en qué idioma vamos a hablar. Sin obligaciones. Para Laura y para mí, que ayer quedábamos por primera vez, lo importante era entendernos.
