A veces la vida te depara extraños compañeros de viaje. Y nunca mejor dicho! Escribo esto mientras hago mi primer viaje en autobús desde La Mancha a Galicia, un pequeño capricho que me he ofrecido en un momento de morriña posvacacional intensa.
Detrás de mí, un chico y una chica, treintañeros los dos que, aunque apenas hace 3 horas que se conocen, ya se han contado más sobre su vida de lo que a veces se cuentan dos amigos en una vida entera. Ella vuelve a Estados Unidos para seguir con su beca de Doctorado; su novio es Catedrático en Suráfrica y se ven dos veces al año. Los dos: jóvenes científicos españoles exiliados en busca de curriculum. Una historia demasiado frecuente y demasiado triste.
Su acompañante de hoy es yesero en Guadalajara. Lo acaba de dejar su novia después de 6 años, él allí, ella aquí en Galicia. Sin más explicaciones. Ahora la considera una gilipollas (sic). Afirma ser un maniático de la limpieza, no fuma, no bebe… Ni un solo defecto he vislumbrado en su largo discurso (sospechoso, no?).
Delante de mí, un joven con MP3 y un móvil idéntico al mío (es una plaga) acaba de empezar a leer un libro de Matilde Asensi.
Al otro lado, una cuarentañera habla con su madre sobre cuál es el mejor suavizante para su nueva lavadora. Detrás de ella, una señora que nos ha dejado a todos sordos al hablar por el móvil. Y así todos nos hemos enterado de que la irá a buscar ‘o rapas’.
Más atrás, una madre con un bebé de 5 meses. Una niña preciosa que nos ha alegrado el viaje, excepto cuando asomó el hambre.
Y aquí yo, ansiosa por llegar a mi destino y como me ha dicho Mamá (que es muy buena con los titulares) haciendo ‘periodismo de autobús’.
