Periodismo de autobús

Enero 18, 2010 por chgamallo

A veces la vida te depara extraños compañeros de viaje. Y nunca mejor dicho! Escribo esto mientras hago mi primer viaje en autobús desde La Mancha a Galicia, un pequeño capricho que me he ofrecido en un momento de morriña posvacacional intensa.

Detrás de mí, un chico y una chica, treintañeros los dos que, aunque apenas hace 3 horas que se conocen, ya se han contado más sobre su vida de lo que a veces se cuentan dos amigos en una vida entera. Ella vuelve a Estados Unidos para seguir con su beca de Doctorado; su novio es Catedrático en Suráfrica y se ven dos veces al año. Los dos: jóvenes científicos españoles exiliados en busca de curriculum. Una historia demasiado frecuente y demasiado triste.

Su acompañante de hoy es yesero en Guadalajara. Lo acaba de dejar su novia después de 6 años, él allí, ella aquí en Galicia. Sin más explicaciones. Ahora la considera una gilipollas (sic). Afirma ser un maniático de la limpieza, no fuma, no bebe… Ni un solo defecto he vislumbrado en su largo discurso (sospechoso, no?).

Delante de mí, un joven con MP3 y un móvil idéntico al mío (es una plaga) acaba de empezar a leer un libro de Matilde Asensi.

Al otro lado, una cuarentañera habla con su madre sobre cuál es el mejor suavizante para su nueva lavadora. Detrás de ella, una señora que nos ha dejado a todos sordos al hablar por el móvil. Y así todos nos hemos enterado de que la irá a buscar ‘o rapas’.

Más atrás, una madre con un bebé de 5 meses. Una niña preciosa que nos ha alegrado el viaje, excepto cuando asomó el hambre.

Y aquí yo, ansiosa por llegar a mi destino y como me ha dicho Mamá (que es muy buena con los titulares) haciendo ‘periodismo de autobús’.

Bonito día

Diciembre 22, 2009 por chgamallo

Hace dos semanas que no publico nada… No penséis que no escribo: yo siempre escribo, mi cabeza siempre está escribiendo. Pero no puedo forzarla.

Las dos últimas semanas han sido intensas: se murió mi Abueliña, con casi 97 años, y me enfrenté de nuevo al desasosiego que me produce la muerte. Creía tener mis heridas cicatrizadas, las que me quedaron de mi última batalla con la muerte, pero no. Qué va! Volvieron a sangrar, aunque esta vez sabía dónde estaban las tiritas.

Las tiritas, durante estos últimos 15 días, ha sido mi familia, esa que tienes, la que no escoges, pero a la que aprendes a querer con todas las diferencias y las similitudes. Y han sido mis amigos. Me he dado cuenta de que tengo auténticos tesoros, muchos de ellos muy tímidos, que me han hecho sonreír, que me han escuchado hablar y hablar, y que han soportado mi ira contra lo que sea que le quita la vida a personas a las que quiero.

Intenté escribir todo esto hace dos semanas. Hubiese querido contaros lo maravillosa que era mi Abueliña, pero me di cuenta de que todos los que habéis pasado conmigo algún rato largo, u os habéis tomado un “azúcar con café” conmigo, como decía ella (ninguna de las dos perdonamos las tres cucharadas), me habéis oído hablaros de ella.

Pero entonces no salió. Estaba bloqueada. Ahora, aunque las lágrimas no dejen de salir (y algún día os contaré mi teoría sobre lo necesario que es llorar), estoy mucho más serena. La vida no se compone sólo de muerte, aunque esta a veces lo empañe casi todo. La vida es la sonrisa, la energía, el cariño, las caricias, los besos, las alegrías, el amor… La vida es aprender a tocar la guitarra y que lo que toque parezca una sardana, ponerse una blusa roja para una cena y escuchar que estás muy guapa, escuchar a mis sobrinos desear Feliz Navidad a voz en grito mientras corren descalzos por mi casa, cantar con mis alumnas en el karaoke del colegio o “deleitar” con una muiñeira a mis estupendos compañeros de coral, sentir un abrazo cálido cuando estás helada de frío, escuchar el sorteo de Navidad y tener cosquillas en la barriga por si te toca, desear que llegue el sábado para ver por primera vez Roma…

Todo eso es la vida para mí, ahora. Ahora, hoy, todos nos deseamos Felices Fiestas y Feliz Navidad. Yo suelo apostillar con el “felices todos los días”, propio de mi madre. O como dicen en Fuerteventura para saludarse “bonito día”. Pues eso, bonitos días!

Miña casiña, meu lar

Diciembre 6, 2009 por chgamallo

Creo que a estas alturas todos los que leéis este blog conocéis la historia de mi vida, esa que les cuento a mis alumnos el día que preguntan “pero entonces, tú eres francesa o no?”. No sé lo que soy y ya no me importa ponerle nombre. Pero el caso es que cada cierto tiempo ‘vuelvo a casa’. En realidad, yo digo que vengo a ver a Mamá, pero lo de menos, una vez más, es ponerle nombre.

Cojo mi coche, lleno de bártulos varios, cosas que  vienen y van, y recorro los más de 700 kilómetros que hay entre donde vivo y donde está Mamá. El recorrido en coche es un suceso de sentimientos varios: pereza, aburrimiento, reflexión, alegría y finalmente, sosiego. Generalmente cuando llego llueve y yo estoy afónica (creo que los dos hechos están íntimamente relacionados). Me acompaña la radio (tengo suerte: suele coincidir con algún evento especial, como el sorteo del Mundial de fútbol, o la última vez la no-elección de Madrid como sede Olímpica; lo peor fue aquella vez que me robaron la antena el 22 de diciembre y sólo podía escuchar Radio Nacional y la lotería!)  y me acompaña mi banda sonora particular, pero de eso ya os hablaré otro día.

Venir a Galicia es un momento catárquico de mi pequeña existencia. A veces tengo muchas ganas de venir, pero el momento no es propicio; y otras, como este puente, preferiría quedarme descansando pero vengo, y descanso aquí. Aparte de Mamá, visito a mis abuelas, a parte de mi familia, a mis amigos (a los nuevos y a los de siempre) y me empapo (literalmente) de verde del monte y de azul del mar, me despeino con el viento y disfruto con el silencio salpicado de gotas de lluvia. Galicia me vuelve sensible, pero también me devuelve el carácter, ese que se necesita para salir a las calles mojadas con ánimo.

Hace unos días, comentaba que el día que Mamá no esté, venir aquí perderá mucho de su sentido. Ayer lo hablé con ella, y estuvo de acuerdo conmigo. Yo no nací aquí, y el día que Mamá no esté, tendré dos casas adonde venir, dos casas vacías. Vacías de gente, pero llenas de vivencias y recuerdos. Y sólo por eso, creo que valdrá la pena seguir viniendo.

Biquiños!

Pide un deseo

Diciembre 1, 2009 por chgamallo

Escuché en una ocasión  que hay que pedir un deseo cada vez que haces algo por primera vez. Suelo cumplir con esta premisa siempre que me acuerdo.

Un amigo, al que le comenté esto en un momento en que hacía algo por primera vez, no está de acuerdo. Por dos motivos: en primer lugar, porque en caso de cumplirlo a rajatabla, estaríamos pidiendo deseos sin cesar. Y según él, no hay que ser avaricioso con lo que se pide. O como él me enseñó: “cuidado con lo que deseas, no vaya a ser que se cumpla”.

La segunda pega que pone mi amigo a esta costumbre es el tipo de pensamiento que tienes. Me preguntó qué solía desear yo: cosas mundanas, o algo más espiritual? (dice que yo soy muy terrenal). La verdad es que yo suelo pedir siempre lo mismo, y en general se cumple, aunque es un deseo tan global como difícil: ser feliz. En ese caso, no sé si sería aplicable la frase ‘cuidado con lo que deseas…’, porque todos queremos ser felices, no?

El caso es que hoy es el cumpleaños de mi amigo. Y quiero pensar que hoy, si sopla las velas, pedirá un deseo. Y yo, que celebro por primera vez su cumpleaños, también pido uno. Dentro de 50 años, os diré si se ha cumplido.

Ps: Este post fue escrito hace unos días, la primera vez que fuimos al Ikea y que comimos en el Vips juntos (y que aproveché para pedir unos cuantos deseos, claro…)

Don de lenguas

Noviembre 23, 2009 por chgamallo

Hace unas semanas, fui a cenar con unos amigos. En la mesa, una profesora de lengua que habla portugués e inglés con fluidez; un policía de Salamanca que trabaja temporalmente en Barcelona, y que hasta la fecha sólo habla castellano e inglés; un toledano de pro que conoce (y me enseña) todas las expresiones castizas que existen en la lengua castellana; y yo, que hablo, además del español, francés, inglés, gallego y catalán. Y estoy empezando con el alemán.

La conversación deriva, empezando el segundo plato, en un intenso debate sobre la situación del catalán en Cataluña y en general de las lenguas autonómicas. A mi amigo que ahora vive en Barcelona le parece sorprendente que la mayoría de la gente se exprese en catalán, y siente que a veces se hacen diferencias entre los que lo dominan y los que no. Los tres creen injusto ‘tener que’ aprender un idioma diferente por vivir en Barcelona. Injusto también ‘tener que’ pasar un examen de ese idioma para poder enseñar allí.

Yo, que en estos debates, siempre mantengo la misma postura, acabo siendo en cierto modo el ’sparring’ de mis tres compañeros de mesa. Pero yo lo reconozco, incluso ante ellos: soy una romántica. Probablemente más para los idiomas que para el propio amor. Desde mi punto de vista, nadie cuestiona que si te vas a Inglaterra, aprenderás inglés, o en Francia francés, o en Alemania alemán. Incluso en Suecia, país prácticamente bilingüe, aprenderás sueco. Por qué? Para qué? Para entender y hacerse entender. Yo aprendí catalán porque no soportaba ir a la panadería y no entender lo que se decía. Y porque me gusta aprender. Y creo que un profesor debe conocer la lengua que hablan sus alumnos, aunque puedan entenderle en otra.

Pero reconozco y sé por experiencia que mi visión es minoritaria. Lo único que me molesta de este tema es que se mezcle lengua con política. Ahí es donde el debate empieza a molestarme. Porque las lenguas sólo tienen una utilidad: comunicarse.

Ayer fui a tomar un té con Laura, una joven americana que va a pasar un año como lectora de inglés en un instituto de Talavera. La conversación empezó en castellano, pero intenté explicarle en inglés que había tenido un parásito en el estómago (fue muy gracioso: dije ’storm’ en vez de ‘worm’, o sea, que había tenido una tormenta en el estómago, lo que no es del todo incierto).

Continuamos intercambiando mi inglés y su castellano, e incluso un poco de francés.  Sin reglas, sin determinaciones a priori sobre en qué idioma vamos a hablar. Sin obligaciones. Para Laura y para mí, que ayer quedábamos por primera vez, lo importante era entendernos.

Saturday night life

Noviembre 15, 2009 por chgamallo

Estoy comiendo uvas y escuhando en la radio el partido de la selección. Es sábado por la noche y estoy en mi casa, en mi sillón, con mi ordenador sobre las rodillas. En calcetines, tejanos, camisa y chaqueta. Y mi foulard. Sólo me gusta llevar pijama para dormir y no me gustan las zapatillas para estar en casa.

Esta noche me quedo aquí. La noche pasada, no. Breve, pero intensa. As usual.

Hoy he descansado, me he mimado, he ordenado mi vida y he charlado con mi familia, que nunca falla y todo lo comprende, aunque a veces todo parezca incomprensible.

Mi cuñada ha hecho hoy en Facebook un resumen de lo que llevamos de mes de Noviembre: el tercer cumpleaños de Mateo, su primer viaje en autocar y el disfrute de un otoño espectacular.

Mi mes de Noviembre: el descubrimiento de un parásito en mi estómago y la rotura de un cartílago intercostal, múltiples actividades extraescolares, la organización de mi viaje navideño… La salud estorba pero no impide.

Y mi autoestima de nuevo cuestionada. En las últimas semanas he escuchado que me he vuelto más seria, pero que  sigo siendo ingeniosa. Que debería ser más fuerte. Que soy muy francesa… Habladurías. Y al fin he recordado la frase de Jaya, una de las mentoras de mi retiro de meditación estival: “lo que piensas de mí no es asunto mío”.

En este último mes, también he cuestionado mucho la pervivencia de este blog. Algo no encajaba desde hace algún tiempo. Yo siempre tengo las mismas ganas de escribir, la misma inspiración, pero poco a poco me fueron asaltando miedos: a aburrir, a ser repetitiva, a ser incorrecta… Y aquí también he decidido aplicar la frase de Jaya. Quizás cambien cosas en los próximos tiempos. O simplemente evolucionen. Aprecio a todos los que lo leéis, y especialmente a aquellos que me hacéis llegar vuestras opiniones, aunque también podéis aplicar para esto la frase de Jaya en segunda persona: “lo que pienso de ti no es asunto tuyo”…

En todo caso, de momento, pienso seguir haciéndoos partícipes de mi visión del mundo desde mi sillón.

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Matar monstruos

Octubre 21, 2009 por chgamallo

Hace unas semanas, alguien me hizo descubrir una inclasificable canción del grupo Love of Lesbian. Inclasificable para mí por preciosa, por especial y porque indudablemente las canciones que nos marcan nos definen. Hoy, mientras volvía tras tres semanas de sequía a los ensayos de la coral, ha sonado Un día en el parque en mi iPod.
Hace unos días, mi madre me reveló que creía que todavía era demasiado pronto para que mi corazón estuviese de nuevo ocupado. Y yo me pregunté, y le pregunté, cuánto tiempo tiene que pasar?
Cuántos días, semanas, meses, años tienen que pasar para que alguien recupere la confianza perdida en el amor, en los sentimientos, en las palabras cariñosas? Cuánto tiempo hace falta para perder los miedos adquiridos por una historia que debía ser bella y no lo fue? Cuándo hay que dejar de darle la importancia inmerecida a quienes, voluntariamente o no, nos hicieron sufrir sin mesura días, semanas, meses, años atrás?
Desgraciada o afortunadamente, los miedos, la falta de confianza, la coraza que nos construimos para protegernos los que hemos sufrido con todas las letras el des-amor, no tienen como medida el tiempo. Tienen como medida, desgraciada o afortunadamente, la capacidad de volver a creer que tenemos los que algún día creímos que las historias bonitas son posibles.
Y yo soy de las que creo/vuelvo a creer que algún día aparecerá – si no ha aparecido ya – quien mate monstruos por mí.

Ps. Si no tenéis Spotify (un estupendo programa donde podéis escuchar gratis toda la buena música que queráis) podéis escuchar Un día en el parque aquí. Y si estáis en el trabajo y no podéis escuchar música ni ver vídeos, entonces podéis leer la letra aquí.

Un alien legal en Madrid

Octubre 1, 2009 por chgamallo

En los últimos 10 días, he estado tres veces en Madrid, dos lunes y un viernes. He llegado a las 7 y media de la mañana y me he ido sobre las 7 y media de la tarde, en transporte público, bus + metro. La última vez fui en coche, y salí de Madrid sobre las 9 y media de la noche. Horas punta. Tanto en el transporte público como en el privado. El primer día tuve la tentación, viendo la cantidad de gente que iba en metro, de hacer lo mismo que hice cuando eso me ocurrió por primera vez en el metro de París: saludar a los que se iban, enlatados como sardinas, con la mano y una sonrisa.
Pero no. Esta vez me subí al metro y me enlaté como todos los demás. Con mi iPod y mis apuntes de los exámenes que iba a hacer. Como todos los demás. Y al salir del metro, salí a la calle siguiendo a todos los demás, sintiéndome como una hormiguita más que sigue a la que va delante, sin fijarse en el camino.
A mediodía, volví a coger el metro hasta el centro y recorrí el espacio entre la Puerta del Sol y la Gran Vía. Otra vez la hormiguita. Y recordé la canción de Sting, Englishman in New York, y me sentí como un alien.
También recordé una de las razones por las que hace 5 años decidí irme de Barcelona: prisas y colas para comer, prisas y colas para coger el metro, prisas y colas para entrar, prisas y colas para salir, prisas y colas para cruzar el paso de peatones…
Con lo bonita que es la Gran Vía de Madrid. Con mi yogur en la mano, me paré en medio de la calle y cansada de mirar hacia abajo, miré hacia arriba: qué estilo arquitectónico, qué luz,… Lo admito: a pesar de haber ido algunas decenas de veces a Madrid, nunca había mirado hacia arriba. Sentí la tentación de decirle a la gente que pasaba “eh, mirad para arriba, qué belleza”. Pero yo era un alien, un alien legal en Madrid.
Volví a Talavera. Talavera no es una ciudad bonita. Incluso hay quien dice que no es una ciudad, que es un pueblo grande. A mí esa es la parte que me gusta: es una ciudad asequible, sin prisas, sin colas, sin excesos. Y sin Gran Vía…

Una palabra tuya

Septiembre 22, 2009 por chgamallo

Cuando era pequeña, mi familia me decía a menudo que era muy pesada, porque era muy cariñosa, muy ’sobona’, siempre dando abrazos y besos a diestro y siniestro. Con el tiempo y los reproches, me fui reformando muy a mi pesar. Pero en el fondo de mí sobrevive aquella niña que hoy sigue pensando que haciendo y diciendo las cosas con cariño, salen mejor.
El cariño para mí incluye a las palabras. También los hechos, por supuesto que sí, pero siempre a las palabras. Es triste pensar que nos dé vergüenza o pudor decir ‘te quiero’ por ejemplo a alguien a quien queremos, o que tengamos que esperar a saber que nos perderemos para expresarlo. Es como si estuviésemos programados para echarnos la bronca, pero no para decirnos cosas bonitas. O simplemente gracias. Yo lo digo mucho; incluso hay gente que cree que demasiado. Pero con mis ‘gracias’ generalmente suelo querer expresar otras cosas, como ‘qué bien’ o ‘cómo me alegro de esto que has hecho por mí’.
También suelo decir, cuando una situación se pone espinosa: ‘dime o cuéntame algo bonito’. Y todo el mundo se sorprende. Porque cuesta, porque no estamos enseñados. Por qué cuesta? Por qué no estamos enseñados? Por qué de niños todo es amor y de mayores todo es cohibirse?
Yo seguiré predicando en el desierto. Bueno, en el desierto no. Ahí está mi amiga Carme, con la que un día decidimos decirnos que nos queríamos, porque nos queremos (como amigas, malpensados! Este tema me dará para otro post). Y porque no sabemos qué pasará mañana y es una pena haber perdido oportunidades de expresar nuestros sentimientos por pura vergüenza. Por supuesto, no se trata de decirle a todo el mundo que le quieres, ni mucho menos. Pero palabras sencillas y elocuentes como campeona, preciosa, gupissima, rebonita o princesa alegran el día a cualquiera (en este caso a mí, que soy quien las escucho y os doy las gracias por ello). Sin hacer mucho esfuerzo y gratis.
Porque a veces, una palabra (tuya) basta para sanar muchas tristezas.

Septiembre no está tan lejos

Agosto 30, 2009 por chgamallo

Cuando me llaman por teléfono, suena esta maravillosa canción de Nadadora (cuyo vídeo no hace justicia para mi gusto al poder seductor de Gonzalo en directo).

“Recuerdas la primera vez?
Aquella que nos hizo sentir
lo que podríamos llegar a ser.
No había nada malo en repetirse.
Ahora me cuesta comprender,
ver cómo creces como un incendio,
un incendio de esos que duelen,
de esos que hacen que todo sea
más intenso,
de esos que cambian la suerte.
Que crecen igual que tú…”

Las canciones de este grupo gallego se convirtieron por casualidad en la banda sonora de mi primer año en Talavera de la Reina, adonde vuelvo mañana con una energía totalmente distinta pero igual de intensa que la de la primera vez. Ni mejor ni peor, simplemente distinta. Como yo, que no soy ni estoy igual que hace un año. En lo superficial peso unos cuantos kilos menos y en lo trascendental estoy unos cuantos kilos menos triste.

Pero hay cosas que se repiten. Supongo que como dice la canción, no debe de haber nada malo en repetirse, pero no sé si esa frase se puede aplicar a las maletas a medio hacer que decoran mi habitación, con los mismos ingredientes de siempre: ropa, libros, cuadernos, mi ordenador, mi teclado, mi pandereta, mi nuevo gong traído de Thailandia… Maletas llenas de música para amenizar la nueva etapa que empieza. Ya. Como yo y como esta canción: distinta e intensa.